OVNI

Con una de las mejores empanadas de queso que encontramos en una picada, llegamos a Marchigüe poseído bajo un calor infernal. Una comuna del secano costero en el Valle de Colchagua, un pueblo tranquilo y que se nota en lo pasivo de nuestro andar al dirigirnos por Av. Arturo Prat a la casa del palmeca, cerca de la iglesia.

texto: Yonki del Boom

fotografía: Miguel Lara Urzúa

Fuimos con ánimo de relajarnos y lo conseguimos en la totalidad de la acepción. Devoción a la parrilla entre verduras, carnes, chelas y buenos humos se dejaban entrever en la grata conversación. La casa antes silenciosa, ahora entre risas y disfrute, se llenó de energía increíble. Ya se hacía de noche y una demasía de estrellas junto a diferentes “objetos”  cubría nuestra tertulia dando paso a la duda ¿efectivamente eran otros objetos los que veíamos en ese manto oscuro, o bien, el factor psicotrópico junto al excesivo calor del día ya nos hacía alucinar?  Lo cierto es que el universo oculta un sin fin de misterios cada vez más evidentes ante nuestra atónita mirada, eran sin duda una invitación a descubrir.

El término de La Semana Marchigüana fue otro de los atractivos que nos envió allá. Notaba una amplia feria con variedad de productos artesanales y comidas típicas, brotaba la gula y cierto ánimo etílico. Un artesano del mimbre destacaba con creces, unos pelícanos/lámparas  y unos canastos de pesca muy prolijos. El show en pleno desarrollo y la cumbia que acompañaba hasta que doble el de Romeo Santos apareció. Bailoteo apoteósico, frenesí de las féminas y asalta la duda ¿Qué es lo que le pasa a la gente con Romeo Santos si canta igual a que si tuviera las gónadas trituradas? Sigue la noche, uno que otro ponche de frutilla o durazno según gusto del consumidor mermaba la sed y apaleaba el calor. Lo inesperado habría de hacerse presente cuando una leyenda ya extinta en la capital apareció dejándonos estupefactos; los Derby de $500 pesos! Gente de Peralillo, Población y Santa Cruz nos hacían compañía, ellos venían especialmente a disfrutar de la finalización de una semana de actividades, en la cual el pueblo da rienda suelta a la bacanal criolla.

Apoteosis, jolgorio y delirio cerrarían nuestra primera jornada para dar paso al segundo día. Ya avanzada la tarde, estuvimos encerrados en el cuartel B, vivimos situaciones en las cuales nuestra percepción se ampliaba con el correr de las horas, más cervezas, un almuerzo casero y posteriormente la pintura de nuestro amigo Faya. Todo en conjunto,  ayudaba a que este viaje fuera algo más que un paseo y a que la retina dilatada explotara en una fusión de colores y cosas autóctonas, todo en perfecta armonía en la gran pieza que Faya dejo de regalo, el primero de una serie de muros a realizar.

La ruptura a toda esta meditación colectiva ocurrió cuando la pasible calle de Marchigüe se transformó en un ruidoso transitar entre batucada y carros alegóricos, gente disfrazada bailando y cantando, candidatas a reina que coqueteaban con naturalidad a todo  hombre que les trataba de robar una mirada, un desfile en máximo esplendor.

A la noche nos esperaba la finalización de la semana de pueblo, volvimos nuevamente a la plaza, compramos algunos vinos, pasteles, anticuchos, cabritas y más. Recorrimos las calles con una tranquilidad poco habitual para nosotros ya que en Santiago no podemos disfrutar de la oscuridad y el silencio que ahí se proporciona. En el deambular nocturno, Faya dejó algunos regalos para la ciudad en la que nadie había pintado antes, 3 bombas precisas que daban por finalizada la jornada noctámbula.

Y bueno, como todo llega a su fin, esta no fue la excepción. Volvimos al nunca bien ponderado Santiago con un viaje a cuestas bastante extenuante y enriquecedor, disfrutamos de un distendido ambiente entre amigos de la zona, pintura, escritura mental y la grata compañía de esta familia, la de perfil B. Aguante!

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